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Detenerse a vivir

Detenerse a vivir

Me pregunto si sabemos lo que significan las horas, los minutos, los segundos que suceden sin hacer mucho ruido ni solicitar permiso. Tengo dudas. Escapa a veces de mi razonamiento si, al menos, nos damos cuenta de qué hay a nuestro alrededor.

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Da la impresión de que en ocasiones – o muy frecuentemente – los momentos de valor los traducimos a pesos, dólares, propiedades; a  marcas de ropa, gadgets o cantidad de likes. Incluso, a títulos, tallas y estaturas.

Qué extraños somos, que necesitamos de un suceso inesperado, dramático, irreparable, para comenzar al fin nuestras vidas con un sentido real y punto de vista genuino. Dijo un poeta sabio, que “no nacemos sólo una vez en la vida” y tiene razón.

Me doy cuenta de que somos lo que logramos ver. Lo que admitimos sentir.

Y vaya que es tarea compleja, cuando hemos crecido y nos han contaminado de las maneras más grotescas o baratas, dándole espacio en el corazón y la memoria, a lo que menos importa. De pronto somos ya un simple trastero, un barril de cosas inservibles que creemos parte de nuestro ser. Pero no es así.

Hay que detenerse a respirar y reparar. De todos los rincones de nuestra vida y hasta de nuestro plan de vida a futuro, podríamos extraer aquello que no edifica, lo que nos ha robado la risa, el sentido humano, las ganas de tocar el cielo con la voz o la palabra.

Cuento los días en que he sido Yo y he sido feliz. ¿En verdad son tan pocos? ¿Realmente puedo revertir las demás memorias y sacudir de ellas el lodo? Quizá encuentre más motivos para agradecer que para quejarme, pero no he sabido verlos.

Veo a la gente pasar y me pregunto si sabe cómo dar curso a su propia misión de vida. Lo “normal” es que nos den patrones de conducta, civismo, urbanidad y “progreso”. Pero al ver tantas caras tristes -a pesar de los logros conquistados- me da por deducir que muchos se han perdido en los sueños o expectativas de alguien más y sólo sobreviven.

Una clave para resucitar sería tal vez hacerse la siguiente pregunta: “¿Cuál es mi más crudo recuerdo? ¿Servirá de algo remover los escombros de la decepción para ver si ha quedado vivo algo que nunca debió morir?” La respuesta es “sí”. Porque el miedo y la tristeza nos hicieron creer que esa oscuridad era más fuerte que nosotros. Tal vez nos creímos derrotados por algo que es inherente a la fragilidad humana, pero así también, es el antídoto. Y no lo hemos visto.

Abrazo y acepto mis carencias, pérdidas, renuncias. Abrazo también mis alegrías, amores, triunfos y momentos placenteros, todo con el mismo amor con el que fui creada. Y entonces sé que todo esto –y la luz en ello- es lo que soy.

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