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¿Quién tiene poder sobre mí?

¿Quién tiene poder sobre mí?

Vivimos tiempos difíciles, suena el teléfono y al contestar, te encuentras con una situación aterradora que es difícil de manejar. La extorsión telefónica sigue en aumento, una realidad que refleja la violenta complejidad social que enfrentamos los mexicanos.

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Contestas tu celular y alguien que te da su nombre, puesto y razones para llamar. Se presenta como alguien que quiere ayudarte a resolver un asunto pendiente y con cierta dosis de respeto, se dirige a ti.

Pasados algunos minutos, te comunica con quien dice ser su jefe, quien a su vez, se presenta y te va “obligando” a decir en todo momento la verdad, porque “sabes que si cooperas todo saldrá bien”.

Luego viene un tercer interlocutor, quien con palabras más duras, te hace saber que estás entre la espada y la pared y no tienes alternativa: ya no hay vuelta atrás y si te atreves a negarte a lo que solicitan, perderás todo lo que tienes. Con toda claridad te indica que si cuelgas, lo lamentarás.

“¿Acaso hay alguien viéndome en este momento? ¿Dónde está esta persona? ¿Será que si le cuelgo, en verdad hará algo contra mí o mis hijos, familiares o personas allegadas? ¿Quién es y por qué me interroga como si me conociera? ¿Sabe dónde vivo?”

Las preguntas ponen de cabeza la concentración y los minutos que siguen intercalan terror, impotencia, incredulidad y coraje al sentirme absolutamente abrumada y confundida. “¿Es verdad que me está pasando esto a mí ahora? Tantas veces lo he visto y escuchado en programas de televisión, internet, periódicos, películas…y ahora no tengo idea de cómo reaccionar?”

Las instrucciones siguen y las amenazas también. Datos, cifras, nombres, lugares, escenarios macabros. Todo en un segundo da vueltas en la cabeza porque nada me preparó para sentir que hoy viviría esto.

Quiero que la conversación termine

Quiero creer que tengo el poder de deshacer esa llamada, esos gritos, esas imágenes que han puesto en mi cabeza y que no quiero siquiera creer como posibles. Estoy paralizada.

El desenlace puede o no ser determinado por la valentía (¿?) de colgar, de reportar el incidente o de simplemente “hacer como si nada hubiera sucedido” y tratar de olvidar el desagradable y traumático episodio.  La frase “…a lo mejor ahorita que llegues a tu casa te llevas una sorpresa” es absurdamente insoportable.

Quiero llorar, correr, salir huyendo, desaparecer, encontrar a estos tipos y dejarlos en algún lejano y oscuro lugar donde personas sin corazón ni temor a Dios, tienen su celda asegurada (nueve círculos del Infierno, narraría Dante en “La Divina Comedia”).

¿Por qué estas personas nos quieren robar la vida, sólo por gusto y ambición? ¿Por qué hay gente que sin ningún dejo de arrepentimiento, camina a diario entre amenazas, engaño, chantaje emocional y muerte? Y es real que las amenazas se cumplen en ocasiones. La decisión de hacer algo que cambie la situación de  tensión sobrecogedora, es por ello difícil. Muy difícil.

Literalmente te juegas la vida en el “¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Cómo salgo de aquí? No quiero dañar a nadie”.

Entre lágrimas, corro a esconderme en un baño. El dolor en la boca del estómago crece a reventar. Y ahí es donde el reloj se detiene para decirme “BASTA”. El corazón se acelera y siento cómo ese torbellino de maldad debe ser detenido ya. Apago el teléfono y me quedo en silencio por un instante. No sé qué siento. No sé quién soy. No sé qué acabo de vivir y si debo salir de ahí o no.

No hay nadie más y me veo al espejo de ese lugar escondido, a  donde acudí desesperada. Respiro tratando de recuperar el equilibrio. Una, tres, diez veces. Y entonces, quieta, recuerdo lo esencial: Mi vida no está en manos de nadie, excepto del Creador. “Recuerda quién te cuida”, me repito. “No tengas miedo, sigue adelante, concéntrate en la fuerza que tienes en tu corazón y desde esa Luz Sagrada, ordénales a esos delincuentes que se marchen”.

La familia se une, apoya, está alerta. Todo ha pasado en muy poco tiempo. El miedo de pronto llenó los ojos y ahora, poco a poco se desvanece.

No es un episodio sencillo. Nuestra fragilidad humana resiente y lleva tiempo sobreponerse. Pero queda clara una cosa: la fuerza del Bien existe y puede, por sobre todas las cosas.

Doy gracias por seguir viva y ver a los míos en perfecta salud y unidad.

La próxima vez no contestaré. Lo he aprendido.

Si eres víctima de extorsión telefónica o electrónica, revisa esta información.

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