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¿Todo está en la mente?

¿Todo está en la mente?

¿Le han dicho alguna vez ¨ese dolor es mental”? Antes de sentirnos emocionalmente nos sentirnos corporalmente.

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A menudo se sobrevalora el llamado “poder mental” por encima del poder de “sentir el cuerpo”, que es donde se producen las emociones. Sabemos que sentimos frío (mundo físico) porque nuestros sentidos corporales nos avisan de éste; sabemos que sentimos ansiedad porque el pecho se contrae y no podemos respirar, y de ahí viene una inquietud que es la no quietud del cuerpo.

La mente, es tan sólo la imagen que representa a un sentir.


Persona A: se siente afligida al recibir la noticia del fallecimiento de un ser amado y en esta aflicción pierde el apetito, se mantiene en vigilia debido al shock de este acontecimiento y llora desconsoladamente por días.


Persona B: está a punto de perder el trabajo. Ha pasado toda la noche en vela haciendo cuentas, ideando desorganizadamente las opciones para poder cubrir las deudas que ha acumulado, con un sentimiento de irritación y minusvalía.


¿Todo está en la mente?

En el primer caso, el cuerpo es el receptor de una experiencia de conflicto, la muerte de un ser querido. En el segundo, el cuerpo es el receptor de una experiencia de descuido del mismo cuerpo, no dormir bien. En efecto, nuestra mente organiza cada material percibido y lo traduce en un sentimiento, o en una experiencia de sentimientos desorganizados, la mayor parte del tiempo.

Si el hombre no respira, no come o no duerme corre el peligro de una descompensación que le llevará a un estado de malestar físico que le acarreará mayores complicaciones emocionales a corto plazo en un círculo vicioso.

¿Cómo recuperarnos?

Pon tu cuerpo al límite. En una ocasión, en un taller de restablecimiento emocional orientado a personas que habían sufrido pérdidas llevé a cabo una actividad física con el grupo, un paseo que consistía en subir una montaña a trote.

Una de las participantes que se quejaba constantemente de no saber cómo superar el “abandono” de su pareja llegó al punto medio de la meta y dijo no poder más. Tomé su mano para ayudarla a seguir asegurándole que nadie podía llevarla a cuestas.

En el camino prometía no volver al grupo, maldiciendo estar exhausta y harta del prometido paseo. Finalmente, con un poco de ayuda no sólo de mi parte sino con palabras de aliento de los compañeros, pudo llegar.

Al haber experimentado llegar a la meta, una pequeña conquista personal poniendo al límite su resistencia física, le pedí que me contara otra vez su problema desde el principio y se detuvo diciendo que no podía, que antes la dejara respirar. ¡Eso, respirar!

Los problemas nuevamente expuestos recobraron un sentido distinto, relatados entre suspiros de bocanadas de aliento para restablecer su organismo. Esta persona pudo subir con ayuda, pero por su propio pie, sintiendo el peso de su cuerpo, identificando dolores musculares debido al esfuerzo, aunado a la necesidad de saciar la sed y sobre todo el deseo de respirar.

Una terapia de restablecimiento emocional puede tener un efecto poderoso si antes nos restablecemos del propio cuerpo como el receptor de nuestro poder mental.

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